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UDD en la Prensa

¿Universidades emocionalmente inteligentes?

Daniela Bruna
Daniela Bruna Directora de Investigación, Facultad de Psicología

La reciente agresión sufrida por la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación durante una actividad universitaria generó una comprensible indignación. Más allá de las diferencias políticas o ideológicas que puedan existir en cualquier comunidad académica, la violencia (física o simbólica) nunca puede ser una forma legítima de expresión en espacios destinados al diálogo y al pensamiento crítico. 

Sin embargo, más que detenernos únicamente en el episodio, conviene preguntarnos qué revelan estas situaciones sobre la forma en que estamos concibiendo la vida universitaria. 

Las universidades han sido históricamente espacios de debate intenso, confrontación de ideas y cuestionamiento del poder. Esa es precisamente una de sus funciones más valiosas en una sociedad democrática. Pero el debate universitario supone ciertas condiciones básicas: respeto por el otro, capacidad de escuchar, regulación de las propias emociones y disposición a sostener conversaciones complejas sin recurrir a la descalificación o la agresión. En otras palabras, supone habilidades socioemocionales. 

Durante décadas, la educación superior ha puesto el foco casi exclusivamente en el desarrollo de competencias cognitivas y disciplinares. Formamos ingenieros, médicos, abogados o psicólogos altamente especializados en su campo de conocimiento. Sin embargo, dedicamos mucho menos esfuerzo a formar profesionales capaces de dialogar con respeto, gestionar el conflicto, comprender perspectivas distintas o actuar con responsabilidad en contextos de alta tensión emocional. Esta omisión no es menor. Diversos estudios internacionales han mostrado que habilidades como la autorregulación emocional, la empatía, la comunicación efectiva o la toma de decisiones responsables influyen directamente en el bienestar estudiantil, el rendimiento académico y la convivencia universitaria. 

También son competencias altamente valoradas en el mundo del trabajo, donde cada vez se requiere mayor capacidad de colaboración, adaptación y liderazgo interpersonal. 

A pesar de ello, en muchas universidades el desarrollo de estas habilidades sigue siendo tratado como un aspecto secundario. En el mejor de los casos, se promueve a través de talleres extracurriculares, actividades de bienestar o programas de acompañamiento estudiantil. En el peor, simplemente, se asume que los estudiantes ya deberían poseer estas capacidades cuando ingresan a la educación superior. 

La evidencia muestra que no es así. Las habilidades socioemocionales no son rasgos fijos de la personalidad, sino competencias que pueden desarrollarse mediante experiencias formativas adecuadas.  Pero para que esto ocurra, las universidades deben asumir que el desarrollo emocional y relacional también forma parte de su misión formativa. 

Esto implica un cambio de mirada. Promover estas habilidades no significa “psicologizar” la educación superior ni reemplazar el rigor académico por una cultura de bienestar superficial. Significa reconocer que aprender no es solo un proceso cognitivo, sino también emocional y social. Las emociones influyen en la motivación, la atención, la persistencia frente a la dificultad y la forma en que interactuamos con otros. 

Una universidad que ignora esta dimensión corre el riesgo de formar profesionales técnicamente competentes, pero incapaces de convivir en entornos diversos, gestionar el desacuerdo o ejercer liderazgo responsable. Por el contrario, avanzar hacia universidades emocionalmente inteligentes supone diseñar experiencias educativas que integren el desarrollo socioemocional en el currículum, formar a los docentes como mediadores de procesos relacionales y construir culturas institucionales basadas en el respeto, la escucha y el cuidado mutuo. 

No se trata de evitar el conflicto ni de eliminar la crítica. Al contrario. Las universidades deben seguir siendo espacios de debate intenso y pensamiento libre. Pero ese debate solo puede sostenerse si quienes participan cuentan con las herramientas emocionales necesarias para disentir sin destruir al otro. 

Los hechos recientes deberían invitarnos a reflexionar justamente sobre eso. Si aspiramos a que las universidades sean espacios de formación ciudadana, democrática y ética, entonces no basta con transmitir conocimientos disciplinares. También debemos enseñar a convivir, a dialogar y a hacerse responsables del impacto de nuestras acciones. Porque, al final del día, la pregunta no es solo qué profesionales estamos formando, sino qué tipo de personas estamos ayudando a construir.