Un país para vivir cien años
En 1963, Japón tenía 153 personas de cien años o más. En septiembre, por primera vez, superó las cien mil: hoy son 107.677. Ese salto es el fruto de décadas de decisiones sostenidas en salud y prevención, un logro de la humanidad que merece celebrarse.
Chile no está tan lejos de ese escenario. Nuestra esperanza de vida supera los 81 años y, en el Biobío, por cada cien menores de 15 años hay 84 personas de 65 o más, por sobre el promedio nacional. En comunas como Quilaco y Antuco, las personas mayores ya superan a los niños. Octubre, mes de las personas mayores, es buena ocasión para asumirlo: la pregunta ya no es si viviremos más, sino cómo.
La política de salud sigue siendo indispensable. Pero quizás el mayor desafío de esta nueva longevidad es otro: la integración social, el reconocimiento, la visibilidad. Todavía miramos la vejez con estereotipos de pasividad o de carga. Japón muestra también el reverso de su éxito: personas mayores mueren solas y nadie nota su ausencia durante días. Vivir más no garantiza vivir acompañado ni sentirse parte: en Chile, casi la mitad de quienes tienen 60 años o más declara sentir soledad no deseada.
La familia es y seguirá siendo fundamental, pero cada vez es más pequeña: en 2025, la fecundidad en Chile cayó por primera vez bajo un hijo por mujer, por debajo incluso de la de Japón. Además, las familias de hoy ya viven con mucho estrés, entre la crianza, el trabajo. Por eso, en una vida de noventa o cien años, cada persona necesita ir construyendo redes más allá de la familia: el barrio, las amistades, las organizaciones, el trabajo, la comunidad.
Las realidades en la vejez son muy diversas, pero cada vez más se observa la necesidad de un rol activo y protagonista. La familia es parte importante de ese rol, aunque no lo agota: se amplía hacia intereses y proyectos propios, como aprender, trabajar, participar, crear o encontrar nuevas formas de estar y de pertenecer.
Quien se jubila hoy puede tener por delante entre dos y tres décadas de vida, lo que plantea el desafío de insertarse activamente en el mundo del trabajo. Una vida larga, entonces, se prepara en lo personal y como sociedad: si vamos a vivir noventa o cien años, la secuencia de estudiar, trabajar y jubilarse ya no se ajusta a la realidad. Eso exige incorporar la longevidad en la educación, la salud, el trabajo, la política pública y el diseño de nuestras ciudades.
En el Gran Concepción ya hay un paso concreto. Este segundo semestre, la Facultad de Psicología de la Universidad del Desarrollo, SENAMA, Fundación Más y los municipios de Concepción, Talcahuano y San Pedro de la Paz iniciarán un trabajo conjunto para actualizar el diagnóstico del programa Ciudades Amigables y promover iniciativas acordes a la realidad de cada comuna. Es una alianza entre academia, sector público y sociedad civil para que la ciudad integre a las personas mayores de manera articulada y no con acciones aisladas.
Solemos decir que en Chile somos cortoplacistas, y se entiende: las urgencias apremian. Pero un país longevo no se construye al ritmo de la contingencia: a Japón le tomó más de seis décadas. Si queremos que vivir cien años sea una buena noticia, necesitamos pensar en trayectorias largas y en una visión país que trascienda gobiernos y colores políticos. Todavía estamos a tiempo de que vivir más sea también vivir mejor.