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UDD en la Prensa

Superabundancia

Daniel Contesse Strauss
Daniel Contesse Strauss Vicerrector de Innovación y Desarrollo

Escuchamos frecuentemente en las noticias, las redes sociales y los comentarios de sobre mesa como el mundo está en crisis ambiental, que se acaban los recursos naturales, que estamos dejando a nuestros hijos y nietos un mundo peor y que debemos reducir la población si queremos sobrevivir. ¿Es realmente así?

Hace algunas décadas, el economista Julian Simon desarrolló la idea de superabundancia, que, en simple, dice que, desde la revolución industrial en adelante, los datos muestran con claridad que la gran mayoría de las personas tienen acceso a más bienes y servicios y cada vez más baratos. Desde 1800, la población se ha multiplicado por ocho, sin embargo, los estándares de vida son muy superiores a los de nuestros antepasados. No se trata de una percepción, se trata de lo que dicen los datos, medido de distintas formas y en distintas dimensiones. Definitivamente el mundo no se acaba ni es peor que antes, sino que todo lo contrario.

Miremos el caso de los recursos naturales. A pesar del gran aumento de la población y del mayor consumo, contrario a muchas profecías malthusianas, no hemos agotado ningún mineral o metal. De hecho, los recursos naturales en general han tendido a bajar en precio (relativo al ingreso) y aumentar en acceso. Por ejemplo, a pesar del gran aumento en el consumo de petróleo, nunca tuvimos reservas tan altas como las actuales, no porque el petróleo se cree en el tiempo -es un recurso no renovable- sino porque la tecnología ha permitido descubrir y aprovechar nuevas fuentes de este hidrocarburo. Las reservas actuales son más de 30 veces las que teníamos hace 100 años atrás, y éstas siguen aumentando más que el consumo, es decir el petróleo disponible para consumo humano sigue paradójicamente aumentando.

¿Por qué ha ocurrido esto? El fenómeno es naturalmente complejo, pero en simple, porque a partir de la revolución industrial se fue consolidando en el mundo un conjunto de reglas que permitió liberar la gigantesca potencia creativa y emprendedora que tenemos los seres humanos.

Entre ese conjunto de reglas, una muy importante fue la de la libertad de comercio y de precio. ¿Cómo funciona? Es simple, cuando un recurso natural se vuelve más escaso, se genera una señal de precio mayor que lleva a los innovadores y emprendedores, que quieren ganar dinero intercambiando bienes (entre otras cosas), a buscar nuevas fuentes de esos recursos, nuevas tecnologías, en definitiva, nuevas oportunidades rentables, para ellos y para la sociedad. Como dijo Adam Smith en su libro la Riqueza de las Naciones, «No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés».

Es en definitiva la capacidad innovadora de los seres humanos, la funciona cuando el conjunto de reglas es el correcto y los incentivos están bien puestos, la que nos ha permitido no sólo no agotar los recursos, sino que hacerlos más abundantes y accesibles para todos, generando un nivel bienestar social nunca visto en la historia de la humanidad. A los que les interesa este tema y quieren conocer más sobre los planteamientos de Julian Simon, los invito a investigar sobre el famoso debate que tuvo sobre esto con el profesor de biología y ecología de Stanford Paul R. Ehrlich y como ese debate terminó en un jugoso cheque que fue al final en ayuda de organizaciones de beneficencia.