Si lo esencial es invisible, debemos aprender a escuchar
Durante mi época universitaria, más de alguna vez escuché que éramos afortunados, que gracias a Internet teníamos todo disponible a tan solo un clic. Y es verdad, tenían razón. Porque para quienes estudiaron antes, aprender significaba cuadernos, bibliotecas y lecturas infinitas. Entonces sí, Internet había llegado a simplificar nuestras vidas… o por lo menos, eso parecía.
Pero con el paso del tiempo, ese discurso se fue desvaneciendo, convirtiéndose en un recuerdo cada vez más lejano. Hasta que un día escuché: “¿Sabías que ahora le pasas un artículo a la IA y te hace un video explicativo? ¡Imagínate! Y nosotros que pasábamos horas tratando de entender lo que un autor quería decir… Qué suerte la de esta generación”.
Y claro, argumentos para pensar así, sobran. Ahora sí que lo tienen todo. Ya no tienen que escribir, no necesitan leer y ni siquiera necesitan pensar. Pero no, no es así, porque ahora más que nunca, es exactamente eso lo que más necesitamos, volver a pensar. Algo que parece tan básico, tan innato del ser humano, pero que se fue perdiendo con el tiempo. Y no hicimos nada. Lo dejamos pasar frente a nuestros ojos, muy sutilmente, sin poner ni una pizca de fricción. Y aquí estamos, completamente vulnerables frente a la IA, tragándonos todo lo que entrega, sin masticarlo ni digerirlo, a su completa merced y disposición. Y todo esto, cuando estamos menos preparados que nunca.
Antes, al menos, podíamos confiar un poco más. Ni cuestionábamos lo que venía de un paper. Si lo decía la evidencia, pues no se diga más, pero ya no. Estamos inmersos en un mar de información falsa, de artículos inventados, de citas que no existen, de supuestos “expertos en todo” que no son expertos en nada. Ese mismo mar que alimenta a la IA. Y cuando basura entra, basura sale.
El problema es que todos estamos nadando en ese mismo mar, pero solo algunos están preparados. Y en mi cabeza vuelvo a escuchar esa frase: “Que suerte la de esta generación”. Pero mi voz interna, más convencida que nunca, me dice que no. Que de suerte no tienen nada. Porque ahora son ellos, nuestros estudiantes, los que tienen que cargar con ese peso, en lo profundo del mar cuando el mundo les hizo creer que, nadar, ya no era necesario.
Les pedimos que piensen cuando culturalmente llevamos años fomentando lo contrario, con horarios extensos, contenidos hasta por los poros, obstinados por seguir agregando más y abarcar todo. Les pedimos que piensen cuando nacieron en una época diseñada justo para lo contrario, para no pensar. Sumergidos en las redes sociales, en el scroll infinito, hiperconectados, pero más desconectados que nunca, víctimas de los algoritmos que los conocen mejor que ellos mismos y que saben perfectamente cómo abrazarlos en su soledad y vulnerabilidad. Lamentablemente, nos dejamos estar… y los dejamos nadando solos.
Pero en eso llegó la IA. Y llegó a recordarnos lo que verdaderamente importa, a direccionarnos a donde siempre debimos apuntar. Nos obligó a detenernos, a reflexionar y pensar, y nos volvió a conectar con la esencia de la educación y de la humanidad.
Quizás nuestro gran error fue fragmentar lo que debía estar integrado. Poner la salud mental y el bienestar solos en una caja, apartados de la caja que velaba por una supuesta educación de calidad. Y hoy, creo que ese es nuestro verdadero desafío: dejar de abordar por separado algo que siempre estuvo conectado. Porque lo que dejó de ser visible a los ojos, ahora nos pide a gritos volver a escuchar.