Perdón
Personeros de la oposición plantean que el Presidente de la República debe pedir perdón para salir de la crisis que ha dejado el caso Monsalve ¿Es posible? Veamos.
Como ha reflexionado Hannah Arendt, la relación que se establece con el perdón supone a un otro. No es una acción impersonal. Dependerá del destinatario si resignifica el daño cometido ¿Quién sería el otro en este acto de “perdón político”?
Tampoco es un acto de olvido. El ofensor precisa de la memoria para advertir que, aquello de lo que no tuvo noción en un primer momento —la falta—, fue cometida, para luego auto juzgarla como inapropiada. Tras ello, debe identificar el daño que generó y manifestar su voluntad de repararlo. Así, tampoco es un borrón y cuenta nueva. Mucho menos es la búsqueda de un sentirse bien consigo mismo o de reconciliarse con el propio ego dañado tras la crítica pública.
El perdón, además, precisa de un acto de reparación ya que no cancela la justicia. Por el contrario, y como nunca, la hace necesaria. ¿Ha ocurrido acá? No. Y se requiere, a menos que concibamos el perdón como un acto de mera declaración o de astucia política para calmar los ánimos, o al adversario político, que por alguna razón —que cuesta entender— se siente más incómodo que el propio ofensor que parece no querer realizar el acto de juicio propio.
Por todo ello, no es el perdón lo que cabe exigir o conceder acá. Y no solo porque no están sus elementos, sino porque la representación política no está concebida, en su génesis, para redimir. En cambio, dicha representación si alcanza para que nuestros representantes exijan la responsabilidad política que cabe a los ministros de Estado involucrados, a lo menos.
Desde un punto de vista institucional eso es lo que tiene sentido en un Estado constitucional de derecho. Demás está decir que la salida de mandos medios o asesores, que no responden políticamente ante la ciudadanía, no satisface el estándar constitucional (más allá de lo prudente y evidente que aparece la necesidad de hacer cambios).
Si la oposición no está exigiendo responsabilidades políticas cabría concluir que es porque estima que no existen (y en eso coincidiría curiosamente con el gobierno, que ha señalado públicamente que no habrá cambios en el gabinete a partir de lo sucedido). Habría deducido, por alguna razón que sería bueno transparentar, que no ha habido ofensa o daño a la institucionalidad que reparar o que valga la pena reparar. En este escenario, menos sentido tiene entonces que, desde la política, exijan que el gobierno pida perdón.
Tal vez eso explique —que estimen que no hay responsabilidades políticas a exigir— que ahora incluso, estén disponibles a colaborar para que el gobierno deje un (mal) legado en pensiones y a liderar una reforma política que, cuando mucho, es solo un primer y tímido paso. Todo calza, frustrantemente mal, pero calza.