Hero Image

UDD en la Prensa

Mes de Salud Mental: planificar y presupuestar escuchando

Patricio Ramírez Azócar
Patricio Ramírez Azócar Director Centro de Apoyo al Desempeño Académico, sede Concepción

La Organización Mundial de la Salud (OMS) definió que este 10 de octubre de 2026, la campaña del Día Mundial de la Salud Mental estuviera centrada en escuchar a las personas con experiencia vivida. Para la OMS, la experiencia vivida es el resultado de haber experimentado en primera persona un trastorno mental y de haber buscado y recibido, o no haber podido obtener, atención y apoyo adecuados. No se trata solo de compartir testimonios, sino de que en la evaluación y planeamiento de las políticas públicas de salud mental esté presente la voz de quienes son destinatarios de esas políticas. Pero ¿qué desafíos implica concretar esa aspiración de la OMS? Veamos al menos dos.

Como ocurre en toda política pública, una fuente central para la toma de decisiones son los datos disponibles. En salud mental tenemos la prevalencia o incidencia de trastornos mentales para un determinado periodo y su asociación a sexo, edades o localización geográfica, brechas de atención, efectividad de los programas y ejecuciones presupuestarias, por nombrar algunos datos o estadísticas empleadas. ¿Capturan completamente esos números la experiencia vivida? Evidentemente no. ¿Nos acercan a ella? En parte: nos dicen cuántas personas y dónde, pero no cómo se vive un trastorno mental ni por qué algunas no logran acceder a atención.

Pensemos en las tasas de prevalencia. Estas nos indican la proporción de la población que presenta un diagnóstico de trastorno mental. Esa «categoría» de trastorno mental obedece a un consenso respecto de cuáles son las condiciones que deben estar presentes (síntomas, intensidad, duración) en una persona. Tomemos por ejemplo el trastorno depresivo mayor. Según el DSM-5, ese diagnóstico puede ser empleado cuando una persona presenta, durante al menos dos semanas, ánimo deprimido la mayor parte del día o una notable falta de interés en las actividades que solía disfrutar y, además, cambios de peso o apetito, insomnio, fatiga, sentimientos de inutilidad, dificultades para pensar o tomar decisiones o ideas de muerte con o sin un plan suicida. Basta con cinco de esas características clínicas, siendo al menos una de ellas ánimo deprimido o pérdida de interés, para hacer el diagnóstico. ¿Determina eso que la experiencia depresiva sea la misma para dos personas? Probablemente no, y esa diferencia individual no queda registrada en una estadística y difícilmente va a ser considerada a la hora de planificar.

Un segundo desafío es recoger las voces de quienes atraviesan por un trastorno mental supone un llamado muy exigente para quienes asignan los recursos del Estado. Porque en su rol enfrentan no solo tensiones presupuestarias, sino también ideológicas, por las distintas visiones sobre qué modelo de sistema de salud es más apropiado para un país. En abril y mayo de este año vimos muchas de esas tensiones entre el Ministerio de Hacienda y expertos en salud y, en semanas donde se discute el presupuesto de la nación para 2027, muchos actores estarán mirando con atención los énfasis que tendrá el financiamiento de programas de salud mental y cuáles podrían verse afectados.

El llamado de la OMS en este Mes de la Salud Mental es, en el fondo, una pregunta para quienes planifican y presupuestan: ¿qué cambiaría en nuestras decisiones si quienes han vivido un trastorno mental estuvieran en la mesa? Veremos quiénes hacen de eso una acción que ponga a las personas en el centro.