La marginalidad de los ricos
En los márgenes no solo habita la pobreza; también se esconde una forma silenciosa de riqueza extrema. El rico marginal no vive en las poblaciones ni en los centros urbanos, pero sí en un territorio invisible. La soledad del exceso es así: cuando todo se puede comprar, el deseo pierde su forma. Lo que para la mayoría es inalcanzable, para él resulta trivial; y lo que podría darle sentido a su vida, suele ser imposible de adquirir.
La marginalidad del rico es paradójica. Mientras el pobre se ve privado materialmente de lo esencial, el rico sufre una saturación de lo accesorio, lo que para Platón – ese deseo desmedido – es causa de la descomposición de la república. Ambos, en última instancia, están desconectados del centro de la experiencia humana. Santo Tomás de Aquino advertía que “la riqueza no consiste en tener grandes posesiones, sino en tener pocas necesidades”. Pero el sistema que prometía liberarnos mediante el crecimiento económico ha hecho de la abundancia un nuevo tipo de cárcel.
El desarrollo económico, para el rico, deja de ser un proyecto de progreso colectivo y se convierte en una competencia por la singularidad. Busca distinguirse, no compartir. Lo que para la mayoría significa mejorar su calidad de vida, para él implica mantener su distancia. Su desarrollo es estético, simbólico, incluso espiritual, pero raramente comunitario. Y es ahí donde su riqueza se transforma en una forma de marginalidad: está fuera del círculo común, ajeno al pulso de la vida cotidiana.
G.K. Chesterton decía que “el problema del capitalismo no es que existan demasiados capitalistas, sino que haya muy pocos capitalistas”. En efecto, el rico marginal vive en un mundo reducido a unos pocos pares con los que apenas comparte intereses. Su riqueza lo aísla tanto como la miseria a quien nada tiene. El pobre marginal busca cambiar su realidad, a veces en los márgenes de la ley; el rico marginal puede moldear la ley misma para que las condiciones cambien a su favor. Uno carece de poder y el otro lo posee en exceso, pero ambos se hallan fuera de la norma: son excepciones que el sistema tolera, teme o desprecia.
El rico marginal, sin embargo, no es libre. Frédéric Bastiat afirmaba que “cuando el saqueo se convierte en modo de vida, los hombres crean para sí mismos un sistema legal que lo autoriza”. El privilegio se naturaliza, y la soledad se disfraza de mérito. Vive protegido por muros, escoltado por normas que él mismo ayudó a escribir, rodeado de objetos que le prometen felicidad, pero que solo le devuelven silencio. El pobre marginal, por su parte, vive expuesto, visible, sospechoso. Su desamparo es público; su desesperación, colectiva. El del rico, en cambio, es íntimo y sofisticado. Su miseria se oculta tras la elegancia y la aparente autosuficiencia.
Ambos extremos —la indigencia y la opulencia— se tocan en el mismo punto: la desconexión del otro. Entre ambos se extiende la vasta franja de humanidad donde el sentido aún puede encontrarse en la interdependencia y en la cooperación. Riqueza y pobreza desgarran la armonía de la ciudad; y, sin embargo, se tocan en el punto donde toda medida pierde sentido, pues solo en el justo equilibrio florece la acción fecunda de la polis. Porque tanto el pasar necesidad como el consumo en exceso son maneras distintas de no pertenecer, de vivir en la marginalidad.