IA: al servicio de las personas, su libertad y su desarrollo
La inteligencia artificial (IA) es una de las tecnologías más transformadoras de la historia, comparable a la imprenta, la electricidad o internet. Ayer, en Concepción, la conferencia Exponential UDD abordó este fenómeno desde la investigación científica y sus aplicaciones prácticas. Los avances en chips, modelos de IA y startups impulsan esta revolución a una velocidad inédita. La pregunta ya no es si transformará nuestras economías y sociedades, sino cómo aprovechar sus oportunidades y gestionar sus riesgos.
La primera dimensión es la productividad, una de las grandes deudas de Chile. Nuestro PIB tendencial pasó de crecer sobre el 5% anual entre 1987 y 2007 a expandirse en torno al 1-2% en los últimos años. La IA puede marcar un punto de inflexión, elevando la eficiencia e impulsando la innovación. Con un crecimiento tan bajo, no podemos darnos el lujo de desaprovechar esta oportunidad. Pero incorporar tecnología no basta por sí solo. Se requiere inversión, capital humano, infraestructura digital y nuevas formas de organización del trabajo. Además, sus beneficios deben llegar a las pequeñas y medianas empresas; y así evitar ampliar las brechas entre empresas, sectores productivos y trabajadores.
Lo segundo es el empleo y la educación. Algunos trabajos desaparecerán, otros se transformarán y surgirán nuevos. Aunque la magnitud y velocidad de estos cambios son inciertas, ignorarlas sería un error. La respuesta no pasa por proteger cada tarea existente, sino por facilitar la adaptación mediante capacitación pertinente y aprendizaje continuo. Las universidades deben asumir este desafío: un mundo en el cual las máquinas pueden responder a casi cualquier pregunta ya no basta con enseñar a utilizar herramientas tecnológicas. Es necesario fortalecer el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de aprendizaje permanente y revisar la forma en que evaluamos.
La tercera dimensión es la salud. La IA ya está acelerando diagnósticos, el descubrimiento de nuevos medicamentos y el desarrollo de tratamientos personalizados, con el potencial de mejorar y prolongar la vida de las personas. Sin embargo, debe complementar, no reemplazar indiscriminadamente, el juicio profesional. La confianza, empatía y responsabilidad frente a decisiones complejas son atributos esencialmente humanos.
La cuarta dimensión son los riesgos. La ciberseguridad, la desinformación, la manipulación de contenidos y los sistemas sin suficiente control humano plantean desafíos reales. Regular es necesario, pero una regulación excesiva o mal diseñada puede frenar la innovación. El criterio debe ser la proporcionalidad, con reglas de transparencia y responsabilidad acordes al riesgo. El Estado debe modernizarse y adoptar estas herramientas para entregar mejores servicios a las personas.
Chile no controla el ritmo de esta transformación global, pero puede prepararse para ocupar un lugar destacado. Para ello, necesita fortalecer su capital humano, impulsar la innovación y construir un marco regulatorio que proteja los derechos sin obstaculizar el progreso. Regiones como Biobío tienen mucho que aportar. Más allá de las políticas públicas y los avances tecnológicos, persiste una pregunta fundamental: ¿qué significa ser humano en un mundo donde las máquinas realizan cada vez más tareas que consideramos exclusivamente nuestras? La IA no es un fin en sí mismo, sino una herramienta al servicio de las personas, su libertad y su desarrollo. No aprovecharla tiene costos; hacerlo sin preparación, también.