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UDD en la Prensa

Hombres que florecen: una mirada al bienestar en el mes de la salud mental masculina

Pablo Vergara Barra
Pablo Vergara Barra Investigador Instituto de Bienestar Socioemocional (IBEM), Facultad de Psicología

Cada junio, diversas instituciones conmemoran el mes de la salud mental masculina.

Es una oportunidad valiosa para visibilizar problemáticas que nos afectan de manera importante: las elevadas tasas de suicidio, el consumo problemático de alcohol y otras sustancias, la violencia, el aislamiento social y los trastornos depresivos que muchas veces permanecen ocultos tras formas de malestar menos reconocibles.

Sin duda, se trata de temas urgentes que requieren nuestra atención. Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces veo en la conversación pública: ¿es suficiente hablar de salud mental masculina únicamente desde la enfermedad?

Me da la sensación que gran parte del discurso contemporáneo sobre salud mental en nosotros se ha construido desde el déficit. Se analizan cifras de suicidio, se describen factores de riesgo y se busca comprender por qué tantos hombres llegan tarde a pedir ayuda. Todo ello es necesario. No obstante, cuando la conversación la concentramos exclusivamente en estos indicadores, terminamos transmitiendo una idea implícita: que hablar de salud mental masculina es hablar únicamente de sufrimiento.

La consecuencia es sutil, pero importante. Los hombres aparecemos definidos principalmente por nuestros problemas, vulnerabilidades o conductas de riesgo. Sabemos bastante sobre cómo enfermamos, pero mucho menos sobre cómo prosperamos. Conocemos los factores asociados al malestar, pero dedicamos menos tiempo a preguntarnos qué condiciones favorecen en nosotros una vida psicológicamente saludable, significativa y satisfactoria.

Lo bueno de todo esto, es que durante las últimas décadas, la investigación en salud mental ha comenzado a ampliar esta mirada desde la llamada ciencia del bienestar. Diversos autores han planteado que la salud mental no puede reducirse únicamente a la ausencia de síntomas. El sociólogo y psicólogo Corey Keyes, uno de los principales referentes en este campo, ha mostrado que una persona puede no presentar depresión ni ansiedad y, aun así, experimentar una vida vacía, sin propósito o desconectada de los demás. Del mismo modo, es posible enfrentar dificultades importantes y conservar un sentido profundo de significado, crecimiento personal y pertenencia.

En este contexto, esta perspectiva resulta especialmente relevante para pensar nuestra experiencia masculina actual. Quizás la pregunta no debería limitarse a cómo evitar que los hombres enfermemos, sino también a ver cómo favorecemos nuestro propio florecimiento (concepto que viene del concepto «flourishing» en el modelo de Keyes).

La evidencia distingue al menos dos dimensiones complementarias del bienestar. Por una parte, el bienestar hedónico, relacionado con la satisfacción vital, las emociones positivas y la capacidad de disfrutar la vida cotidiana. Por otra, el bienestar eudaimónico, vinculado al propósito, la autonomía, las relaciones significativas, el crecimiento personal y la contribución a otros.

Cuando observamos la realidad desde esta perspectiva, aparecen fenómenos que muchas veces pasan desapercibidos. Vemos hombres más involucrados en la crianza de sus hijos, más comprometidos con los cuidados familiares, más dispuestos a expresar emociones, a construir vínculos cercanos o a buscar ayuda profesional cuando la necesitan. También observamos nuevas generaciones que intentan redefinir el éxito más allá del rendimiento económico o laboral, incorporando aspectos como la calidad de vida, el tiempo compartido y el sentido de comunidad. Estas experiencias también son salud mental. También constituyen factores protectores. También representan avances que a mi parecer merecen ser reconocidos.

Por supuesto, no planteo abandonar la preocupación por los problemas que afectan a los hombres. Las cifras de suicidio siguen siendo alarmantes y los desafíos en materia de salud mental o más bien de enfermedad mental continúan siendo enormes. Pero si queremos construir una conversación más completa, necesitamos equilibrar el foco en el sufrimiento con una reflexión igualmente seria y potente sobre el bienestar.