Evitar las dos almas
Hace algunas semanas, parlamentarios de derecha emprendieron una cruzada para acusar constitucionalmente (AC) a un exministro. Más allá de la irresponsabilidad del acto —la AC era improcedente—, la causa era poco beneficiosa también en lo político. Sin certezas de si tendrían los votos, lo más probable era que se rechazase. Por otra parte, de aprobarse ¿qué ganaban los parlamentarios con inhabilitar a la ex autoridad? El cálculo era ambiguo. Finalmente, la acusación se rechazó y guste o no, la derrota afectó la imagen del gobierno. ¿Qué lección puede sacar el Ejecutivo?
La más importante es esta: hacer un esfuerzo mayor por alinear su agenda con la de sus parlamentarios. Dicho de otro modo, lo que hacen legisladores de derecha afecta la imagen del gobierno de derecha. Y es este último, dada la naturaleza de nuestro sistema político, quien debería coordinar las prioridades de los temas a discutir, no los parlamentarios.
Para este caso la falta es todavía más grave: la alineación de intereses ni siquiera fue posible con el partido del presidente. Por ello es fundamental que el gobierno agote los mecanismos para alcanzar mayor coordinación, y no hay mejor instrumento que un gobierno de coalición.
Para este caso la resaca de la fallida acusación es evidente: diputados peleados, incapacidad de poner orden, ninguneo entre partidos y un Ejecutivo debilitado. Se proyecta de esta forma la idea de que habrían “dos almas”, concepto que la derecha utilizó para criticar duramente al gobierno anterior. Un criterio de comparación con el cual el gobierno no debería querer lidiar.
Hoy la estructura del Ejecutivo se conforma por Chile Vamos, junto al Partido Republicano y un pariente lejano, el Partido Nacional Libertario, que pese a ser oposición, presiona desde la derecha como si formara parte del oficialismo. En esta estructura anómala los costos de transacción se vuelven más altos. Múltiples interlocutores, competencia interna por llamar la atención e intereses desacoplados de los del gobierno.
Contar con una sola coalición no daría un escenario perfecto, pero sí cambiaría los incentivos. Primero se distribuye el castigo o éxito de la gestión, lo que genera un destino electoral compartido de cara al futuro y aumenta el costo de los legisladores para actuar con agendas particulares. Asimismo, las coaliciones crean instituciones informales internas que ayudan a generar mayor orden y anticipar escenarios como el de esta AC.
Probablemente la negativaa conformar una coalición, en este caso del Partido Republicano, se explique por cálculo electoral: ¿por qué hacerlo si estamos desplazando a la centroderecha como la principal fuerza política? ¿Por qué compartir los éxitos electorales? Es un planteamiento legítimo, pero pasa por alto lo esencial: gobernar con dos almas amenaza la continuidad de su propio proyecto y podría terminar devolviéndole la presidencia a la oposición.