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UDD en la Prensa

Enseñar a dudar

Paula Vásquez-Henríquez
Paula Vásquez-Henríquez Subdirectora de Ingeniería Civil en Informática e Innovación Tecnológica, sede Concepción

Durante años cerrar la brecha digital significaba una sola cosa: llevar internet y computadores donde no los había. Los planes de conectividad, la fibra óptica entregada a comunas, los computadores repartidos en colegios apuntaban a esa meta, que era apropiada para su época. La tarea se cumplió en gran parte. Hoy casi cualquier persona de la región tiene un teléfono inteligente, y el discurso público celebra eso como el fin de la desigualdad tecnológica.

Esta desigualdad, sin embargo, cambió de forma. En cada emergencia las redes sociales se llenan de contenidos falsos que muchas personas comparten de buena fe. El problema ya no es el acceso, sino distinguir cuál de todas esas informaciones merece ser creída. Las nuevas herramientas agravan este problema: un chatbot como ChatGPT no está construido para tener la razón, sino para sonar convincente. Responde con la misma seguridad cuando acierta que cuando inventa, porque no sabe que está inventando.

El resultado es que la tecnología produce efectos opuestos según quién la use. Quien tiene su criterio formado la usa como amplificador: la interroga, contrasta respuestas, exige fuentes confiables. Quien no lo tiene la usa como oráculo, exponiéndose a la respuesta falsa, al diagnóstico médico improvisado, o incluso a la estafa telefónica hecha con una voz clonada.

Ese tipo de uso no distingue edad ni formación. Llevo años enseñando a programar a nivel universitario y lo veo cada semestre: estudiantes que usan esta tecnología que les entrega los trabajos hechos, pero no son capaces de explicar cómo funcionan. El gesto es el mismo de quien comparte la imagen falsa o acepta el diagnóstico improvisado: creer en una respuesta sin poder decir por qué es correcta. La nueva brecha no separa a los conectados de los desconectados, sino que separa a quienes saben dudar de quienes creen con fe ciega lo que les dice un chatbot.

Tenemos que asumir la alfabetización crítica en Inteligencia Artificial como tarea pública regional. No a través de cursos sobre “cómo usarla”, sino espacios para aprender a dudar: saber cuándo verificar, contra qué contrastar, qué señales delatan un contenido generado, qué preguntas hacerle a una respuesta antes de creerle. En escuelas, bibliotecas o programas para adultos mayores. Eso logra que la persona que aprende a dudar deje de estar expuesta al engaño. No digo esto desde el miedo: uso la IA todos los días y construyo múltiples cosas con ella. La conclusión no es que la herramienta sea mala, es que usarla bien exige una habilidad que no viene incluida en el teléfono.

Aprender a dudar es más simple de lo que parece. No exige entender cómo funciona un modelo de lenguaje por dentro. Basta con incorporar gestos pequeños: antes de compartir una imagen o una noticia, revisar si algún medio local la está informando. Ante la respuesta médica de un chatbot, pedirle la fuente y comprobar que exista. Ante la llamada urgente que pide dinero, cortar y llamar de vuelta al número de siempre. Cada uno de estos gestos toma un minuto y desarma la mayoría de los engaños, porque casi todos dependen de lo mismo: que la persona reaccione rápido y no alcance a pensar.

El Gran Concepción tiene una ventaja que pocas ciudades tienen: concentra universidades, forma profesores e investiga en estas materias. Tenemos la oportunidad de alfabetizar a su población enseñando a dudar. Mientras esa tarea no se asuma, la brecha seguirá creciendo dentro de los mismos teléfonos que parecían haberla cerrado.