El frío de Dante
Extraño las miradas cruzadas en la calle. Ese breve gesto de reconocimiento entre desconocidos era una de las formas más elementales de presencia humana en el espacio común. Hoy, en cambio, caminamos juntos, conectados por el smartphone, casi sin mirarnos. Bajo la aparente victoria de la proximidad técnica en la era de la conexión se esconde una paradoja cada vez más evidente y preocupante: el aumento persistente de la soledad.
Para aproximarnos a esta cuestión conviene recordar la distinción particularmente iluminadora que ofrece Hannah Arendt entre soledad y solitud. En su análisis de la condición humana, advierte que la soledad no consiste en estar físicamente solo; es la experiencia del abandono, la situación en la que la persona pierde incluso la compañía de sí misma.
El individuo solitario no encuentra interlocutor ni en los demás ni en su propia interioridad. Carece entonces de un bien común, de un horizonte compartido. De ahí que Arendt viera en la soledad una condición particularmente peligrosa para la vida política, pues el hombre radicalmente solo se vuelve más vulnerable a las ideologías que prometen pertenencia y sentido.
La solitud, en cambio, designa algo completamente distinto. Es la experiencia fecunda de estar a solas sin estar abandonado. En la solitud la persona puede dialogar consigo misma, pensar, examinar su vida y ordenar su mundo interior. Es, por decirlo de otro modo, la condición misma del pensamiento.
Lo inquietante de nuestro tiempo es que, mientras la soledad aumenta, la solitud desaparece. La hiperconectividad permanente ha colonizado prácticamente todos los momentos de silencio que antes permitían el recogimiento. El tiempo “muerto” (la espera, el paseo, el trayecto en transporte público) ha dejado de ser un espacio de interioridad, de auténtica fecundidad, para convertirse en una sucesión de estímulos digitales, de muerte anunciada. Cada instante libre es inmediatamente ocupado por pantallas interactivas. Así, la persona contemporánea pretende evitar la soledad, pero también pierde la solitud.
Esta transformación cultural, sugeríamos, se entrelaza con otro fenómeno característico de la modernidad: la densificación de las ciudades. Las grandes metrópolis contemporáneas concentran poblaciones cada vez mayores en espacios cada vez más compactos. Desde un punto de vista técnico, esta densidad suele presentarse como una virtud, pues permitiría eficiencia económica, proximidad a los servicios y mayor dinamismo urbano. Sin embargo, la proximidad física no necesariamente genera comunidad. De hecho, puede producir exactamente lo contrario.
El sociólogo Georg Simmel, observando la vida de las grandes ciudades a comienzos del siglo XX, describió un fenómeno que hoy resulta sorprendentemente actual, que denominó «actitud blasé». Según Simmel, el habitante de la metrópolis, expuesto a una sobrecarga constante de estímulos (ruido, multitudes, anuncios, transacciones… ¿suena familiar?) desarrolla una forma de defensa psicológica basada en la indiferencia. Para protegerse de la saturación sensorial, el individuo aprende a no reaccionar demasiado ante nada. La actitud blasé es, en el fondo, una anestesia emocional. Es entonces cuando la hiperconectividad tecnológica aparece como intento de compensar una carencia más profunda, y la acrecienta. Este es el círculo vicioso de nuestro tiempo, no muy lejano al solitario y frío centro del infierno dantesco.