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UDD en la Prensa

El dolor necesario: la lección del precio real de la bencina

Carlos Smith C.
Carlos Smith C. Director de Ingeniería (E) en Administración

Duele. No hay otra forma de decirlo. Desde el jueves 26 de marzo, la bencina de 93 octanos sube $370 por litro y el diésel $580. Para muchas familias chilenas, esto no es una estadística: es el presupuesto mensual que se reorganiza de golpe.

Pero antes de sucumbir al legítimo malestar, conviene hacer el ejercicio que pocas veces hacemos: poner en la balanza los costos de actuar hoy versus los costos de no haber actuado.

El ministro Quiroz lo sintetizó con crudeza: el precio del diésel subió 60% en solo tres semanas a nivel internacional, y la gasolina un 30%, producto de la guerra en Medio Oriente, el mayor shock petrolero desde los años 70. Chile no produce petróleo relevante. Somos precio-aceptantes en un mercado que no controlamos. Esa es la realidad.

Durante años, los mecanismos de estabilización —MEPCO y FEPP— funcionaron como amortiguadores. Útiles en shocks transitorios, se volvieron costosos ante shocks persistentes. Hoy el fisco enfrenta su mayor estrechez desde el retorno a la democracia: debe US$40 mil millones más que hace cuatro años, y los fondos de estabilización cayeron a menos de la mitad. Subsidiar los precios en este contexto tenía un precio: US$140 millones semanales. Insostenible.

No hay que minimizarlos. El alza del diésel no solo afecta a camiones: se dispersa por toda la economía, encareciendo alimentos, logística y servicios. El impacto inflacionario será concreto y golpeará con más fuerza a quienes menos tienen. Llenar un estanque de 50 litros de diésel pasa de costar $46.500 a $75.000.

Aquí está el núcleo del argumento. Seguir subsidiando habría profundizado el déficit fiscal, limitado la inversión pública en salud, educación e infraestructura, y acumulado una bomba de tiempo. El ministro Quiroz lo ilustró con claridad: lo que cuesta una semana de subsidio equivale a resolver la lista de espera oncológica del país, o reconstruir completamente las regiones afectadas por desastres. El subsidio no es gratis: tiene un costo de oportunidad enorme y regresivo.

El Gobierno no actuó a ciegas. Congeló tarifas del transporte público hasta diciembre, sin letra chica, tanto en Santiago como en regiones. Anunció subsidios a taxistas y un plan para mantener el precio de la parafina durante otoño e invierno, protegiendo a los hogares más vulnerables que dependen de ella para calefacción. Son medidas focalizadas: el enfoque correcto.

Los países que han postergado ajustes energéticos por razones políticas terminaron pagando costos mucho más altos: crisis de balanza de pagos, colapso fiscal o inflaciones incontrolables. Chile tiene instituciones sólidas que permiten absorber este shock con orden. Pero eso requiere honestidad: los precios deben reflejar la realidad. Proteger a los vulnerables sí; aislar a toda la economía de las señales del mercado, no.

Hoy duele. Mañana, haberlo evitado hubiera dolido mucho más.

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