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UDD en la Prensa

Cuando una terapia para el glaucoma se convierte en una promesa de juventud

Sofía Salas
Sofía Salas Profesora Titular, Centro de Bioética, Facultad de Medicina

Hace algunos días se anunció el inicio de un ensayo clínico en humanos aprobado por la Agencia Reguladora Americana (FDA) que busca utilizar terapia génica para reprogramar células dañadas por el envejecimiento. Liderado por el genetista David Schindler, el estudio pretende activar tres genes asociados a los llamados factores Yamanaka, con el objetivo de restaurar la función de neuronas del nervio óptico en pacientes con glaucoma avanzado, una enfermedad progresiva que puede conducir a la ceguera. El mecanismo es activar genes específicos que indican a las células envejecidas que “olviden su edad” y actúen como si fueran jóvenes, restaurando así su función.

Basta revisar los titulares de prensa para advertir que la noticia rápidamente dejó de ser sobre glaucoma. En numerosos medios fue presentada como el comienzo de una nueva era del rejuvenecimiento humano. Es precisamente ahí donde surge una pregunta que merece reflexión: ¿estamos frente a una terapia experimental para recuperar una función perdida o ante una promesa de juventud sobre la cual proyectamos aspiraciones mucho más ambiciosas?

La diferencia no es trivial. Desde sus orígenes, la medicina ha buscado aliviar el sufrimiento, tratar enfermedades y restaurar funciones deterioradas. Intentar devolver la visión a una persona afectada por glaucoma encaja perfectamente dentro de esos objetivos. Pero cuando la conversación pública comienza a centrarse en la posibilidad de “rejuvenecer” al ser humano, el foco cambia. Dejamos de hablar de una enfermedad concreta y comenzamos a evocar una de las aspiraciones más antiguas de la humanidad: escapar, aunque sea parcialmente, del paso del tiempo.

Tal como señalé en una columna publicada en 2023 (En búsqueda de la eterna juventud), pocas ideas han ejercido una fascinación tan persistente como la posibilidad de retrasar el envejecimiento. Desde fuentes milagrosas hasta elixires de larga vida, la historia humana está llena de intentos por prolongar la juventud. Quizás por eso cualquier avance biomédico relacionado con el envejecimiento despierta un interés que muchas veces excede lo que la evidencia científica permite afirmar.

Conviene recordar que este ensayo se encuentra en una etapa extremadamente temprana. Participan apenas 18 pacientes y el principal objetivo es evaluar la seguridad de esta terapia. Todavía no sabemos si la intervención será eficaz, cuánto durarán sus efectos o cuáles podrían ser sus consecuencias a largo plazo. Aun así, la expectativa generada ha sido enorme. La distancia entre lo que esta investigación está intentando demostrar y lo que muchas personas han entendido parece crecer con rapidez.

Este fenómeno plantea un interesante desafío: la responsabilidad de comunicar la ciencia sin transformarla en una promesa prematura. Cuando los avances biomédicos se presentan como soluciones inminentes, existe el riesgo de generar falsas expectativas, especialmente en pacientes afectados por enfermedades degenerativas para las cuales las alternativas terapéuticas siguen siendo limitadas. El entusiasmo puede ser comprensible; la exageración, en cambio, puede resultar dañina.

A ello se suma otro elemento de preocupación. El mercado global de la longevidad o del rejuvenecimiento moviliza billones de dólares y atrae el interés de inversionistas, empresas biotecnológicas y clínicas privadas. Cuando existe una demanda social tan intensa por retrasar el envejecimiento, también aparecen incentivos para acelerar expectativas y comercializar promesas antes que resultados. No sería la primera vez que el deseo colectivo de encontrar una solución supera la velocidad con que avanza la evidencia científica.

La cuestión quizás no sea si algún día lograremos rejuvenecer nuestras células, sino si somos capaces de comunicar la ciencia con la misma prudencia con que ésta avanza. Transformar una investigación preliminar en una promesa de juventud puede atraer a lectores, inversionistas y titulares de prensa, pero también corre el riesgo de distorsionar la evidencia y alimentar expectativas difíciles de cumplir. Mientras los investigadores intentan averiguar si esta tecnología puede ayudar a personas con glaucoma, la conversación pública ya parece haber dado un salto mucho más ambicioso. Precisamente por eso conviene preguntarse no solo qué está descubriendo la ciencia, sino también cómo estamos contando esa historia.

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