Cuando la IA reemplaza a los otros
Son las dos de la mañana. Una adolescente acaba de terminar con su pololo. Está triste, confundida y necesita hablar con alguien.
Abre ChatGPT.
Le cuenta lo que pasó. El sistema responde con frases de apoyo: sus sentimientos son legítimos, merece estar bien. La conversación la hace sentir mejor.
No hay nada necesariamente malo en eso. La pregunta es otra. A la mañana siguiente, ¿llamará a una amiga? ¿Conversará con su mamá? ¿Buscará ayuda profesional si la necesita? ¿O comenzará a reemplazar esas conversaciones por una IA siempre disponible, siempre paciente y frecuentemente complaciente?
Un estudio realizado por el Harvard Business Review sobre los usos de la IA en 2026 encontró que la terapia y la compañía son hoy el principal uso de estas herramientas. La IA está disponible las 24 horas del día, no se cansa, no juzga y no cobra por sesión. Quizás en el futuro existan IA especializadas, diseñadas con evidencia clínica, supervisión profesional y objetivos terapéuticos claros. Pero ese no es el caso de la IA generativa que hoy muchos están usando como consejera, amiga o terapeuta.
Ahí aparece el riesgo: una herramienta complaciente puede hacernos sentir demasiado comprendidos. Un estudio realizado por las universidades de Oxford y Stanford sobre IA complaciente (sycophantic AI) muestra que las personas tienden a preferir sistemas que las validan y las hacen sentir comprendidas. No porque entreguen mejores consejos, sino porque resultan más fáciles de conversar. El resultado es preocupante: después de interactuar con estas herramientas en forma más recurrente, algunas personas comienzan a valorar menos sus interacciones humanas y a recurrir a la IA para buscar orientación personal.
Los amigos que elegimos, las parejas que nos atraen, los mentores que nos marcan e incluso las personas con las que chocamos existen porque somos distintos. Hay personas impulsivas, cautas, sensibles, racionales, lentas, rápidas, optimistas o pesimistas. Esa diversidad genera tensión, pero también aprendizaje. Son precisamente esas diferencias las que amplían nuestra mirada y nos ayudan a convertirnos en quienes somos.
Un buen terapeuta no existe para confirmar todo lo que pensamos. Muchas veces su trabajo consiste en desafiar nuestras interpretaciones, cuestionar nuestras certezas y ayudarnos a ver lo que no queremos ver. Lo mismo ocurre con un buen amigo, una pareja… Las relaciones humanas valiosas no son cómodas todo el tiempo.
Cada persona llega a una conversación con una historia: experiencias, valores, fracasos, aprendizajes y perspectivas propias. Esa biografía moldea su forma de ver el mundo.
La IA no tiene esa biografía y además está diseñada para adaptarse a nosotros y reducir la fricción. Pero la fricción no es un defecto de las relaciones humanas. Es una de sus mayores virtudes.
Tal vez el mayor riesgo de la IA no sea que piense por nosotros, sino que nos acostumbre a un mundo donde ya no necesitamos a los otros. Y una sociedad que deja de valorar las diferencias humanas pierde una parte esencial de lo que la hace humana.