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UDD en la Prensa

Cuando el calor deja de ser clima y se vuelve diseño

Valeria Lobos
Valeria Lobos Profesora Facultad de Diseño (sede Concepción)

Cada verano las olas de calor ya no son eventos excepcionales, sino una condición permanente del habitar, sin embargo, nuestras ciudades siguen diseñadas como si el clima no hubiera cambiado.

Hemos pavimentado el territorio con hormigón, vidrio y asfalto, materiales que absorben y amplifican el calor. Luego intentamos compensar con aire acondicionado, consumo energético y más infraestructura dura. El problema es que el calor no es solo una cuestión térmica, es una consecuencia directa de decisiones de diseño urbano.

En este escenario, los árboles ya no son decoración paisajística, son infraestructura climática. Por ejemplo, un árbol puede reducir entre 2 y 8 °C la temperatura del entorno inmediato, además genera sombra, humedad, oxígeno, biodiversidad y bienestar psicológico. Ninguna tecnología urbana ofrece tantas funciones simultáneas con tan bajo costo y alta resiliencia.

Sin embargo, seguimos diseñando ciudades donde el árbol estorba, se corta para ensanchar una calzada, se reemplaza por baldosas, o se poda hasta convertirlo en poste vegetal. Luego nos sorprendemos cuando el asfalto alcanza altas temperaturas, cuando los niños no pueden jugar en las plazas al mediodía, o cuando los adultos mayores se encierran por el riesgo de golpes de calor.

Aquí el diseño tiene una responsabilidad profunda. Diseñar ya no es solo proyectar formas, es proyectar condiciones de vida que van a decidir si una ciudad será habitable en 10, 20 o 50 años. Y en esa ecuación, los árboles no son un complemento estético, son una estrategia de confort térmico esencial.

Un diseño urbano inteligente comienza con la sombra, la orientación, la ventilación natural, los corredores verdes, la continuidad ecológica, la porosidad del suelo, y el respeto por los ciclos del agua. Comienza entendiendo que cada metro cuadrado de pavimento es una superficie de calor, y cada metro cuadrado de follaje es una máquina biológica de enfriamiento.

No se trata de poner más verde, se trata de cambiar el paradigma, pasar de ciudades duras que resisten la naturaleza a ciudades vivas que colaboran con ella.

Poco sirve declarar emergencia climática si el espacio público sigue reproduciendo modelos térmicamente hostiles. Son decisiones de diseño que impactan en la vida cotidiana de miles de personas.

Las olas de calor no son un fenómeno climático aislado, son el nuevo marco de diseño en el que debemos pensar nuestras ciudades; son un test de diseño, y nuestras ciudades lo están reprobando. Hoy el diseño urbano ya no puede limitarse a organizar el espacio; debe proteger la vida; incorporar árboles, sombra, agua, suelo vivo y soluciones bioclimáticas. No es una aspiración estética ni una tendencia verde es una responsabilidad pública.