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UDD en la Prensa

Costos de la gratuidad

 Federico Valdés Lafontaine
Federico Valdés Lafontaine Rector

Hablar de gratuidad nunca es sinónimo de que algo no tendrá costo. Sólo se refiere a que quien asume ese costo será otro. Este simple pensamiento parece ausente de la mirada de quienes debaten hoy sobre nuestro sistema de educación superior: La economíalo entiende de manera perfecta, nada es gratis. Todo tiene costos asociados directos o indirectos. Y con la misma fuerza que se dice que es injusto que esos costos sean asumidos por los estudiantes, nadie se pregunta en los hombros de quien recaerán.
La gratuidad universal como política pública no se aplica en importantes materias sociales, como vivienda, salud, incluso justicia; en cambio se ha venido utilizando con éxito la focalización, es decir, de que sea gratuita solo para aquellos que no pueden asumirlos y gradualmente el Estado va limitando el apoyo que entrega a los ciudadanos hasta retirarlo completamente o, en algunos casos, transformarlo en créditos en función de la capacidad de cada familia.
Así observamos que hoy acceden a la educación superior de nuestro país más de un millón de estudiantes, de los cuales la mitad proviene de familias pertenecientes al 60% más pobre de nuestra sociedad y, por lo mismo, ya cuentan con gratuidad, quedando para el resto un sistema de créditos subsidiados y sujetos a no pagar más del 10% de sus futuros ingresos.
Si queremos mejorar el acceso de los sectores más vulnerables a la educación superior, en ellos el impacto de la gratuidad es marginal o nulo, mucho mejor nos iría destinando esos recursos a la educación inicial preescolar, donde la mayoría de los estudios e investigaciones demuestran que se puede acortar la brecha que se produce entre los distintos sectores de acuerdo a su capacidad económica o en la educación escolar donde aún nuestro nivel de inversión es bajo, generando una cancha dispareja que no se alcanza a corregir en la educación superior Chile vive todavía en una situación de ingresos medios. Como la mayoría de las familias chilenas, el país debe siempre priorizar sus gastos y adecuarlos a sus ingresos, garantizando que todos los integrantes de la familia tengan un desarrollo armónico y una satisfacción de sus necesidades de acuerdo a sus posibilidades. Esta lógica de bien común, que es válida para cada familia, lo es también cuando pensamos en nuestro país. De aquí nace la necesidad y urgencia moral de priorizar y focalizar el buen uso de los recursos con que se cuenta.
Son tan evidentes los costos de la gratuidad, que es la responsabilidad con las futuras generaciones lo que debe evitar que seducidos por lo llamativo de una frase o atrapados por la presiones de algunos, no nos demos cuenta que esta cuenta la pagaremos todos.