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UDD en la Prensa

La prevención no comienza cuando suena la alarma

Mónica Reyes
Mónica Reyes Académica, Facultad de Comunicaciones

El aluvión de San Carlos de Apoquindo evidencia una paradoja: Chile conoce muchas de sus amenazas, pero aún enfrenta dificultades para transformar las advertencias técnicas en decisiones oportunas y preparación ciudadana. La comunicación del riesgo debe contribuir a cerrar esa brecha.

En el Biobío conocemos de amenazas encadenadas, cada verano enfrentamos incendios forestales y, tras su extinción, la pérdida de vegetación puede aumentar la erosión y las remociones en masa durante las lluvias. La amenaza evoluciona, pero no desaparece.

En Las Condes, tras un evento anterior, Sernageomin advirtió sobre la propensión a nuevos procesos y recomendó una mesa técnica permanente, monitoreo, planes de evacuación, información comunitaria y obras de mitigación. La prensa y autoridades han levantado legítimas interrogantes sobre la inacción, pero antes de anticipar responsabilidades corresponde investigar. De momento el caso evidencia la importancia de traducir las advertencias en coordinación y acciones verificables.

La entrada en funcionamiento de SENAPRED marcó un avance institucional, pasando de un modelo reactivo a un enfoque que incorpora la prevención y reducción del riesgo mediante instrumentos de planificación y coordinación. Sin embargo, mayores atribuciones exigen recursos, equipos especializados y presencia territorial. En medio de la discusión presupuestaria nacional, es importante considerar datos internacionales como el Informe Global sobre Reducción del Riesgo de Desastres 2025 de Naciones Unidas, estima en hasta quince dólares en costo futuros de recuperación evitados por cada dólar invertido en reducción del riesgo. El retorno no está garantizado, pero refuerza el valor de anticiparse.

La comunicación cumple aquí una función estratégica. Mientras la comunicación de emergencia informa sobre acontecimientos en desarrollo, la comunicación del riesgo permite comprender anticipadamente las amenazas, sus posibles impactos y las medidas de autoprotección. Requiere información territorial accesible, vocerías confiables, mensajes claros y ejercicios comunitarios; no se limita a emitir una alerta.

El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial sitúa los fenómenos meteorológicos extremos como el riesgo más crítico en los próxima década y, los pronósticos sobre la evolución del fenómeno del Niño indican que sus expresiones más intensas podrían verse entre noviembre y diciembre. Es claro que estamos frente a una urgente necesidad de revisar escenarios. En ausencia de radares y tecnología para anticipar algunos eventos específicos, parece razonable avanzar en actualizar protocolos, identificar comunidades más expuestas y evaluar capacidades de respuesta.

Este desafío requiere liderazgo público y colaboración sostenida. Las universidades pueden aportar investigación aplicada, evaluación de la comprensión de las alertas y formación de vocerías; las empresas, capacidades técnicas; los medios, información preventiva; y las organizaciones sociales, conocimiento territorial. Articular estos aportes no sustituye la responsabilidad estatal: fortalece su alcance.

El desafío no es solo anticipar las amenazas, sino lograr que el conocimiento se transforme en decisiones, coordinación y preparación ciudadana. Porque la prevención comienza mucho antes de que suene la alarma, y su efectividad depende de nuestra capacidad de actuar juntos.