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UDD en la Prensa

Ulises después de Troya: el peso de una victoria

Sofía Salas
Sofía Salas Profesora Titular, Centro de Bioética, Facultad de Medicina

La Odisea de Christopher Nolan nos presenta a un Ulises que ha tenido tiempo para mirar el costo de sus propias decisiones. Su regreso plantea una pregunta incómoda: qué ocurre cuando el héroe victorioso debe aprender a vivir con las consecuencias de su victoria.

De niña, tuve el privilegio de crecer en una casa con muchos libros, que llenaban los estantes de la biblioteca. Algunos tal vez nunca fueron leídos, pero ahí estaban; otros tenían las hojas dobladas por las marcas que dejaron sus antiguos lectores. Entre muchos, hay dos que permanecen unidos en mi memoria: La Ilíada y La Odisea.

Hace unos días fui a buscar mi Odisea, la de Montaner y Simón, traducida directamente del griego por Luis Segalá y Estalella e ilustrada por Flaxman y Paget. No la encontré en papel, pero sí en Wikisource. Tantos años después —fue publicada en 1910— sigue ahí, disponible para quienes quieran volver al texto de Homero. Es probable que muchos no adviertan cuánto lo seguimos habitando. Decimos que algo “fue una verdadera odisea” para describir un trámite extenuante, advertimos que no hay que escuchar “cantos de sirena” frente a una promesa engañosa o anunciamos que “aquí ardió Troya” después de un conflicto.

Recordé todo esto a raíz del estreno de La Odisea, de Christopher Nolan. Como hizo con Oppenheimer, Nolan nos presenta a su héroe como un personaje complejo y fracturado. El Ulises que vuelve de Troya no parece un vencedor. Es un hombre que ha tenido demasiado tiempo para recordar. Y lo que recuerda no siempre lo deja bien parado. Ulises oculta, miente y manipula, incluso a los suyos. Justifica el sacrificio de algunos para salvar al resto de la tripulación y pone a un muchacho inocente a vigilar el caballo de Troya, sabiendo que será asesinado. Podríamos decir que son decisiones terribles adoptadas en circunstancias igualmente terribles. Pero que una decisión pueda justificarse no significa que desaparezca su costo moral.

Nolan lo muestra con especial fuerza en el Hades. Allí Ulises se encuentra con algunos de quienes pagaron el precio de sus decisiones. Ya no son números en el cálculo del estratega ni daños necesarios para alcanzar un objetivo. Son rostros. Son sus camaradas muertos. Y lo interpelan.

Hay algo profundamente ético en esa escena. Quien ha debido tomar una decisión difícil no queda liberado de toda responsabilidad moral una vez que la decisión ha sido tomada. Puede haber tenido razones atendibles, incluso no haber contado con una opción mejor, y aun así tener que vivir con el daño causado. Quizás parte de la responsabilidad consista precisamente en no dejar de verlo.

Las sirenas muestran otra dimensión del mismo Ulises. Siguiendo el consejo de Circe, pide ser amarrado al mástil antes de escucharlas. No confía ciegamente en su voluntad: reconoce de antemano que será incapaz de resistirse. Hay cierta humildad moral en reconocer que uno puede sucumbir y poner los límites antes de que sea demasiado tarde. La ética no siempre consiste en “ser fuerte”, sino también en saber cuándo amarrarse.

Pero es el regreso a Ítaca el que termina de revelar al Ulises de Nolan. Los griegos llamaban nostos al regreso a casa: volver, ser reconocido y recuperar el lugar propio. Sin embargo, este nostos parece imposible. Después de Troya y de todo lo vivido durante el viaje, quien regresa ya no es el mismo que partió.

Nolan se separa aquí de Homero. Su Odisea no termina con Ulises recuperando definitivamente su lugar como rey, sino nuevamente sobre un barco. Pudiendo quedarse, parte junto a Penélope y deja atrás a su hijo Telémaco, ahora adulto. Podemos interpretar esa renuncia como el reconocimiento de que su hijo ya no necesita que el padre recupere el lugar que dejó, pero también como una forma de expiación.

¿Basta con partir? Nolan no responde. La última imagen de Ulises es la de un hombre, herido que vuelve al mar, acompañado de Penélope. No sabemos si el exilio logrará reconciliarlo con lo que hizo ni si alguna vez podrá hacerlo.

Tal vez esa sea la pregunta ética más interesante que deja la película. Solemos juzgar a los líderes por las decisiones que toman en momentos difíciles. Nolan agrega una exigencia más incómoda: qué hacen después, cuando ha pasado el peligro y tienen tiempo suficiente para mirar las consecuencias de sus actos.

Ulises tuvo muchos años para volver sobre Troya. Ya no desde la euforia del vencedor, sino desde la memoria de quienes pagaron el precio de aquella victoria. Nolan lo muestra recordando con pena y vergüenza el saqueo y el incendio de la ciudad, las estatuas de los dioses derribadas, la destrucción que alguna vez formó parte de su triunfo.

Quizás la mayor astucia de Ulises haya sido encontrar la manera de entrar a Troya, pero su mayor coraje fue atreverse a mirar, muchos años después, aquello que hizo una vez dentro. No sabemos si reconocer el horror basta para redimirlo. Es una pregunta que Nolan deliberadamente deja abierta.