Apología del pesimismo
En nuestra cultura mainstream el pesimismo tiene mala fama: la resiliencia, la lucha por las metas, la actitud positiva, el eri’ seca, amiga imperan frente a un puñado de intelectuales y artistas que cautivan por su actitud lúgubre ante la vida. Nadie se presentaría a una entrevista laboral haciendo una apología del pesimismo. Pero, según muestran las encuestas, esa actitud se ha ido apoderando de un sector cada vez más amplio de la población. Criteria registra que la esperanza cayó de 53% en febrero a 36% en agosto de este año, y en Plaza Pública de Cadem el optimismo por el futuro cayó de 61% en diciembre a 40% en julio, mientras el pesimismo trepó a 58%, el registro más alto de la serie desde 2015.
La lectura más obvia es que el gobierno exhibió pronto su incapacidad para cumplir lo que prometió. Pero, aunque la oposición quisiera detenerse ahí, para explicar el pesimismo hay que recordar también los cantos de sirena del pasado reciente. En cualquier caso, para el político profesional el pesimismo es un problema: «¿Qué hacemos para reencantar a la ciudadanía?», «¿cómo reconstruimos un relato que la entusiasme?», se pregunta al instante. Nadie llega a La Moneda prometiendo que las cosas seguirán más o menos igual. Los políticos cultivan la desesperanza respecto de sus adversarios, pero para alimentar la esperanza en su propio proyecto. El pesimismo a secas no está en su registro.
No obstante, la instalación del pesimismo no es necesariamente una mala noticia. Los descalabros y el estancamiento de nuestra historia reciente han sido vástagos de un optimismo que se ha ido deslizando sobre distintos objetos. En los noventa vivimos lo que Óscar Contardo llamó «la era del entusiasmo». La promesa es archiconocida: los jaguares, el alza del ingreso, la caída de la pobreza, la entrada a la OCDE; si seguíamos así, pronto alcanzaríamos a Portugal. Era un optimismo no solo sobre el país, sino sobre los proyectos de vida individuales: las personas creían que haciendo ciertas cosas podían progresar.
Ese relato tenía cuotas importantes de verdad: el progreso, colectivo e individual, existió. Pero los relatos no se quiebran por lo que afirman, sino por lo que dejan fuera del encuadre. A quienes comandaban el carro de la modernización, el entusiasmo les impidió ver su lado oscuro —el «malestar» que la izquierda fue nombrando— y los durmió en los laureles: se omitieron reformas necesarias no para reemplazar el modelo, sino que para profundizarlo y permitirle afrontar nuevas etapas. Cuando el país ralentizó la marcha, el optimismo defraudado alimentó la conflictividad sobre la que se construyó la izquierda impugnadora. Es la paradoja de Tocqueville: fue el avance rápido lo que creó la expectativa cuya frustración terminó en violencia.
Pero el relato noventero no cayó solo: lo reemplazó otro optimismo, el de los dirigentes estudiantiles del 2011 y el de la alternativa al neoliberalismo, que culminó en el estallido del 2019 y en la primera Convención. Aunque cueste recordarlo así, la violencia de octubre fue el brote de un optimismo radical: no hay otra forma de explicar el apoyo ciudadano que tuvo la destrucción en las primeras semanas. Se la veía como el precio de un mundo mejor.
El pesimismo, cuando se tranquiliza, cuando no tiene la ansiedad de reemplazarse por un optimismo en nuevas promesas, difícilmente genera esos niveles de frustración y violencia. Desde el pesimismo aprendemos a vivir la vida que tenemos e incluso a mejorarla en lo que podemos.
Aún más: contra lo que predica la cultura pelagiana del éxito y la positividad en que vivimos, el pesimismo no es un terreno yermo del espíritu. Los griegos —a cuyo mundo Christopher Nolan acaba de abrir una ventana popular— cultivaron lo que Nietzsche llamó pesimismo trágico: el ser humano está enredado en fatalidades que no puede conjurar, las intenciones se frustran y lo que parece un éxito esconde penurias mayores. Pero sobre ese trasfondo los griegos no cayeron en el nihilismo: erigieron una ética de la excelencia humana.
El pesimismo que hoy se extiende entre los chilenos difícilmente se enmarca en esa comprensión trágica. Se parece más a una visión maniquea, cuya idea central es que lo que impide la mejora es que la corrupción moral siempre logra hacerse del poder. Es un pesimismo peligroso y frágil: toda la rabia que acumula contra los corruptos puede ser movilizada el día que alguien logre convencerlos de que él no participa de esa corrupción, y llevarlos otra vez a un optimismo violento.
Sería mejor convencernos de un pesimismo trágico: que la existencia individual y política está inevitablemente llena de penurias y frustraciones, y que en los países desarrollados a los que quisiéramos parecernos también hay soledad, tristeza, desintegración social, decadencia. No para renunciar a alcanzarlos, sino para hacerlo con consistencia, mesura y la paz que solo el pesimismo provee.