El Gran Impulso: Lo que el libro de Juan Andrés Fontaine nos obliga a recordar
El 6 de agosto, en el aula magna de la Universidad del Desarrollo, se lanzó El Gran Impulso: Cómo la economía chilena despegó entre 1985 y 1989, de Juan Andrés Fontaine, comentado por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, y por el economista de UCLA Sebastián Edwards. Editado por Faro UDD, el libro reconstruye cómo la economía chilena despegó entre 1985 y 1989.
Es la etapa del liderazgo de Hernán Büchi en el Ministerio de Hacienda. Es la etapa, también, de un reimpulso en las reformas económicas que habían impulsado los Chicago Boys en los años setenta y que se vieron tremendamente cuestionadas por la crisis de inicios de los años ochenta. Vale la pena detenerse en el libro de Fontaine, porque si bien nuestro país está volviendo a hablar de crecimiento, muchas veces lo hacemos como si fuera una categoría de manual —inversión, productividad, confianza—, olvidando que el crecimiento es y será el resultado de decisiones humanas, tomadas bajo enorme incertidumbre y sin garantías de éxito.
Chile tiende a olvidar rápido, y ese olvido tiene un costo. Por eso el libro de Juan Andrés Fontaine es tan importante. El «gran impulso» no fue un rebote automático tras la crisis de 1982-1983. Fue diseño deliberado bajo el liderazgo de Hernán Büchi: un tipo de cambio real competitivo, gasto público contenido, apertura hacia nuevas exportaciones, todo ello sostenido pese a que el país había perdido la mitad del poder de compra de lo que vendía al mundo. Frente a ese escenario, se optó por la disciplina y no por el atajo. Fontaine, que vivió ese proceso desde la Dirección de Estudios del Banco Central, no lo cuenta como epopeya: muestra tensiones, costos sociales reales y críticas que surgieron incluso dentro del propio gobierno de la época. Esa honestidad es, precisamente, lo que le da autoridad al libro para hablar del presente.
El libro no mira solo hacia atrás, sino que ayuda a reflexionar para mirar hacia adelante. Su capítulo final es, en realidad, un diagnóstico del Chile actual. El Banco Mundial reconoció a Chile, junto a Corea del Sur y Portugal, como algunas de las pocas economías que cruzaron el umbral del ingreso alto —en nuestro caso, el año 2012—. Pero mientras Corea siguió avanzando hasta superarnos en más de 50% en poder adquisitivo, Chile se detuvo justo ahí. Nos entrampamos. Sí, la famosa trampa de los ingresos medios. La inversión creció apenas 1% anual en la última década; el ahorro público, el pilar que el propio ajuste de los ochenta consideraba esencial, se debilitó; y la tributación al ahorro empresarial subió de 17% a 27% en diez años. A eso se suma el costo de la «permisología» —incertidumbre regulatoria, discrecionalidad, judicialización de los permisos—, estimado en 7,3% del PIB.
No es casualidad que el mismo diagnóstico de 1985 —reglas claras, ahorro, inversión— vuelva a ocupar el centro del debate público cuarenta años después, esta vez de la mano de la agenda de reformas que impulsa el ministro Quiroz. La historia no se repite, pero rima: el desafío de fondo sigue siendo devolverle previsibilidad a las reglas del juego para que la iniciativa privada se anime a invertir.
La lección más honda que deja El Gran Impulso, sin embargo, no es solo de política económica. Es de carácter. Sostener un rumbo cuando los resultados tardan en llegar. Resistir la presión del humor del momento. Aceptar el costo político de defender una idea sin esperar el consenso cómodo, como recordó la ajustada votación que aprobó recientemente parte de esta agenda en el Senado. Esa fue, en el fondo, la apuesta de Hernán Büchi en 1985: no la certeza de que todo saldría bien, sino la convicción de que el criterio técnico con liderazgo pragmático no podía subordinarse a la urgencia política. Esa misma templanza —más que cualquier fórmula específica— es la que hoy hace falta para sostener una agenda de reformas que, como toda reforma seria, tiene desde el inicio opositores organizados y beneficios que solo se aprecian con el tiempo.
La frase final del libro es interesante y conviene leerla como una pregunta abierta: «es posible que los cielos de Chile estén despejados para reanudar el despegue». La pregunta que nos deja, entonces, no es si existe hoy un diagnóstico correcto —probablemente sí—, sino si esta generación, gobierno, oposición y sociedad civil por igual, tendrá la misma paciencia y carácter que tuvo la de 1985 para sostenerlo cuando empiece a costar.