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UDD en la Prensa

La crisis de natalidad bajo el prisma de la batalla cultural

Lucas Miranda
Lucas Miranda Profesor investigador Faro UDD

En la política chilena habitan dos almas. Por un lado, quienes conciben la política de manera agonística: un juego de suma cero donde lo que uno gana lo pierde el otro. No se trata de deliberar sobre problemas colectivos desde la diferencia, sino de una lucha entre quienes «la vieron» y quienes, por maldad o ceguera, están del lado equivocado. Esta lógica predominó largo tiempo en la izquierda radical, pero hace un tiempo ganó terreno en la derecha, donde toma la forma de una «batalla cultural»: rescatar mentes y corazones de una izquierda que los invade como parásito. Hay un dicho en la izquierda radical —»a un fascista no se le discute, se le combate»— que hoy algunos en la derecha radical podrían replicar cambiando «fascista» por «zurdo». Por otro lado, orbitando el centro, están quienes todavía entienden la política como un juego de suma positiva, donde la discusión pública, los acuerdos y la pluralidad enriquecen el resultado. Pero su influencia retrocede frente al avance de la otra forma de entender la política.

Esta lógica agonística deteriora la calidad del debate público: la farandulización, el griterío, los eslóganes vacíos y las hipérboles son síntomas de lo que nos impide adoptar políticas de Estado para salir del estancamiento. A los problemas de educación, seguridad y economía ya diagnosticados hace tiempo, se suma ahora uno que gana presencia: la crisis de natalidad. Según los últimos datos, en Chile nacen 0,99 hijos por mujer, muy por debajo del 2,1 necesario para la reposición generacional, entre las tasas más bajas del mundo. Los efectos son profundos: pensiones, salud, vivienda, educación y cuidados fueron diseñados asumiendo una población que no declina, y ese quiebre nos arroja a un escenario radicalmente incierto.

La crisis de natalidad tiene múltiples causas, y en ningún país las políticas más efectivas han sido «balas de plata»: siempre combinan un conjunto de medidas. Hay factores materiales y económicos —costo de la vivienda, precariedad laboral, costo de la crianza, condiciones para la corresponsabilidad— y factores culturales, normativos y relacionales: las normas sobre la edad adecuada para tener hijos, la maternidad y paternidad como proyecto central o secundario, la individualización de los proyectos vitales, el discurso público sobre familia y roles de género, y lo que subyace a la crisis de emparejamiento (un estudio del CEP muestra que entre 1992 y 2022 la proporción de adultos mayores de 30 años solteros subió de 12% a 22%).

La lógica de la batalla cultural nos arrastra hacia una trampa en el abordaje de esta crisis, y toma forma en un espectro de diagnósticos que ya se está configurando. Figuras de las nuevas derechas cargan el mayor peso sobre factores culturales, en especial el avance del feminismo y la despenalización del aborto. La senadora Vanessa Kaiser defendió el proyecto «Escucha su corazón» —que obliga a mujeres que optan por la interrupción del embarazo en las tres causales a escuchar los latidos del feto— como medida para enfrentar la crisis de natalidad. Agustín Laje, intelectual argentino con influencia en la derecha chilena, sostiene que la legalización del aborto responde a un objetivo de control demográfico promovido por organismos internacionales, y atribuye la caída de natalidad en Occidente a la agenda feminista y «woke». Axel Kaiser, por su parte, culpa al feminismo del deterioro de las «interacciones sanas» entre hombres y mujeres y de la crisis de emparejamiento.

La superficialidad de este diagnóstico salta a la vista por varios frentes. Buena parte de la caída de la natalidad en Chile se explica por razones que solo podemos celebrar: la fuerte disminución de embarazos adolescentes y no deseados, y la mayor autonomía y desarrollo profesional de las mujeres, que volvió la maternidad una opción y no un destino. A esto se suman razones materiales innegables. Atribuirle toda la responsabilidad al feminismo y la cultura woke, simplemente, no se sostiene.

En la izquierda, en tanto, hay quienes tratan cualquier fomento a la natalidad como sospechoso de una agenda conservadora que busca imponerla a las mujeres, y explican la crisis únicamente por factores materiales, convirtiéndola en una razón más para criticar al capitalismo. Este énfasis tampoco resiste el examen. Los países nórdicos son los que más han combatido los factores materiales de la baja natalidad —vivienda, corresponsabilidad, salas cuna, políticas laborales— y aun así la natalidad sigue cayendo. Estudios recientes muestran que su población sin hijos no prioriza la maternidad o paternidad como objetivo vital y da al trabajo un rol central en su sentido de vida, una postura más frecuente entre quienes tienen actitudes de género más igualitarias. En estos países, que ya redujeron buena parte de la incertidumbre material, la incertidumbre existencial y relacional aparece hoy como el factor más claro detrás de la caída.

La lógica maniquea de la batalla cultural nos alejará de las soluciones por dos razones. Primero, porque las causas de este fenómeno no se reducen a un conjunto de factores, sino que interactúan y se refuerzan entre sí —la «crianza intensiva», por ejemplo, es un cambio cultural que eleva la expectativa social de inversión en cada hijo, lo que a su vez intensifica el peso de los factores materiales en la decisión de tenerlos. Segundo, porque una política exitosa exige continuidad de Estado en el largo plazo, algo difícil de sostener si cada alternancia en el poder cuestiona los diagnósticos y las políticas del gobierno anterior.

Frente a este panorama, la Comisión Asesora Presidencial del Plan Chile Renace es un experimento que vale la pena observar de cerca —no por sus conclusiones, que todavía no existen, sino por su diseño. Reúne bajo un mismo techo a demógrafos, economistas, sociólogos y especialistas en género, provenientes de think tanks tan distintos entre sí como el CEP, Horizontal e Idea País, con el mandato de abordar ocho ejes que van del costo de la vivienda a las normas sociales y culturales. Es, en el papel, exactamente lo que la lógica de la batalla cultural hace casi imposible: un espacio donde el diagnóstico no se reparte por trinchera, sino que se construye en conjunto. Si Chile quiere una oportunidad real de revertir su crisis de natalidad, tendrá que parecerse más a esa mesa técnica que a la guerra de consignas que hoy libran sus representantes políticos.