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UDD en la Prensa

La psicología sobre los Ovni (FANI) y seres en el cielo

Patricio Ramírez Azócar
Patricio Ramírez Azócar Director Centro de Apoyo al Desempeño Académico, sede Concepción

El gobierno estadounidense publicó una serie de archivos con información de diversa índole (fotografías, reportes militares, declaraciones de pilotos comerciales y videos) que registran objetos detectados en el aire, el mar o el espacio y que actualmente se agrupan bajo el concepto de fenómenos anómalos no identificados (FANI). 

Aunque la postura oficial es que esos archivos no constituyen prueba alguna de tecnología generada fuera de nuestro planeta, se reconoce que pueden ser objeto de múltiples interpretaciones y que son un franco desafío para una explicación fácil. 

Así como la búsqueda de vida en otros mundos es materia de interés científico, también lo es la manera en que las personas llegan a creer que esas vidas nos visitan y se interesan en nosotros. 

Podríamos partir aceptando la veracidad de esos registros audiovisuales e informes, pero de ahí a que la explicación de ellos sea que fueron originados por seres de otros mundos que visitan nuestro planeta, hay un salto grande, que puede entenderse, al menos en parte, desde cómo funciona la psicología humana desde hace cientos de miles de años. 

En esos términos, creer que existen seres alienígenas extraterrestres puede ser visto como un espejo de la cultura o como miedos, valores y limitaciones de la psicología individual y colectiva humana y, como señala el astrofísico Stanislav Djorgovski (2025), podría ser una versión moderna de la creencia en brujas, demonios y elfos”.

Viajemos hacia atrás en el tiempo hasta África, por cuyas praderas y selvas caminaban los primeros Homo sapiens. Imaginemos que nuestros viejos parientes deambulaban recolectando comida cuando, de un momento a otro, vieron cómo empezaba a sonar y moverse el alto pastizal de alrededor. Tenían al menos dos alternativas: pensar que fue el viento el que movió las ramas e hizo ese ruido o que era algún animal de grandes colmillos que andaba por ahí y los amenazaba. Algunos no salieron huyendo porque pensaban que el viento movía las ramas y, con la mejor de las suertes, era justamente esa la causa. Si siguieron acertando, con seguridad se mantuvieron vivos y se siguieron reproduciendo. Pero hubo otros que no huyeron, y sí, había un gran felino. Así, resulta que el pensar que hay algo ahí entre los matorrales, aunque no se lo vea, podría ser muy bueno para mantenerse vivo. Dicho de otro modo, equivocarse arrancando cuando en verdad no había nada, resultó menos grave que equivocarse no arrancando cuando sí había un animal (Thomson y Aukofer, 2011).

La psicología evolutiva muestra que esos primeros humanos comenzaron a atribuirle a todo lo que les rodeaba esa intencionalidad, y a pensar que todo estaba vivo, incluso aquello que era invisible, lo que tuvo un fin adaptativo.

Esa tendencia a que había intencionalidad o agencia en todo lo que nos rodeaba nos llevó a asumir la existencia de entidades inexistentes, sentándose las bases de la vieja tendencia de poner en el cielo la presencia de seres con cualidades físicas y motivacionales parecidas a las humanas. La mitología griega y sus dioses fueron un excelente ejemplo de esto.

Entonces, imaginarse otros mundos con habitantes parecidos a los humanos, con motivaciones humanas, como la exploración o la conquista de otros lugares para el provecho propio, o con tecnología parecida a la generada por humanos, está en esa misma línea de pensamiento (Bohlmann & Bürger, 2018).

En esos términos, creer que existen seres alienígenas extraterrestres puede ser visto como un espejo de la cultura o como miedos, valores y limitaciones de la psicología individual y colectiva humana y, como señala el astrofísico Stanislav Djorgovski (2025), podría ser una versión moderna de la creencia en brujas, demonios y elfos.

Claro, la probabilidad de que haya surgido vida en algún lugar del vasto universo es altísima. Sin embargo, de ahí a afirmar que seres de otros mundos recorren distancias inimaginables para venir a la Tierra a realizar figuras en campos de cultivo o protagonizar supuestas abducciones con fines de exploración sexual, hay un largo trecho. Hasta ahora, no existe evidencia mínimamente razonable que respalde una afirmación de esa naturaleza.

O, como afirma el psicólogo Michael Shermer (2008), el hecho de que las abducciones extraterrestres terminen en un encuentro sexual dice más de los humanos que de los alienígenas.

Encuestas realizadas en Estados Unidos muestran que cerca del 45% de las personas cree que seres extraterrestres han visitado la tierra en naves espaciales. Ese tipo de resultados es coherente con los avistamientos reportados.

El mapa de avistamiento de Ovnis a nivel mundial muestra que los extraterrestres parecen tener un marcado interés por Estados Unidos y el Reino Unido. En el resto del mundo, o no hay tantas cámaras caseras apuntando al cielo, o de frentón no habría zonas de interés para esos esos hipotéticos visitantes.