El claroscuro de una tragedia
La tragedia suele tener un lenguaje propio, que trasciende las palabras porque las imágenes son elocuentes. En este momento estamos ante una que se escribe desde las cenizas, entre ahogos y sollozos. Las regiones del Biobío y Ñuble no solo huelen a humo y a amenazas de pavesas volantes, huele a una impotencia que duele hasta el fondo. Los incendios que han devorado zonas rurales y barrios enteros no son solo un desastre material, son la manifestación de los rasgos más profundos de nuestra sociedad. En medio de este escenario, donde la muerte ha reclamado lo que no le pertenece, emerge el claroscuro de la condición humana en su estado más crudo.
El «oscuro» de este cuadro es tenebroso y desolador. No solo hablamos de las llamas que, según los indicios, fueron provocadas de manera coordinada por manos incendiarias, hablamos de una crueldad que no se detiene cuando el fuego se apaga. Resulta indignante constatar que, mientras las familias buscan entre los escombros restos de su vida anterior, existen seres que ejecutan fraudes telefónicos para robar ayudas o que pretendan adueñarse de lo poco que va quedando entre las cenizas. Es el mal aprovechando la vulnerabilidad extrema para obtener un beneficio rastrero.
A esta bajeza se suma la sombra de un Estado que, por lo menos durante las primeras horas del desastre, pareció ser un gigante dormido. La imagen de aquel alcalde con lágrimas de impotencia pidiendo ayuda es la síntesis más clara de la orfandad institucional. Pero la crítica no debe ser solo por la lentitud en la emergencia, sino por la falencia estructural. Esta catástrofe desnudó la posible carencia de buenas políticas de prevención: grietas en la puesta en práctica del plano regulador o bien ausencia de fiscalización del mismo y el descuido de la interfaz urbano-rural, todo lo cual probablemente contribuyó a que los bosques y las viviendas se convirtieran en combustible. La burocracia no considera que la prevención se paga con presupuesto y trabajo bien hecho, pero la omisión se paga con vidas.
Sin embargo, en este contraste, el «claro» de la tragedia brilla con intensidad sobrecogedora. Las asociaciones intermedias y la ciudadanía en general han levantado un muro de esperanza. El despliegue de solidaridad por parte de algunas instituciones ha sido notable. Por mencionar algunas: municipios de la zona, Cruz Roja, juntas de vecinos, Desafío Levantemos Chile, Compañías de Bomberos, entre otros, que gestionaron con celeridad un sinnúmero de centros de acopio. Se suma a lo anterior el arduo trabajo de los medios de comunicación y la colaboración de influencers que manifiesta que la suma de muchos “pocos” puede tener un alto impacto.
Lo más conmovedor es el gesto de aquellas personas capaces de actos de generosidad enormes: la señora que comparte su pan y el vecino que regala su tiempo para ayudar a los que tienen menos. Esta respuesta orgánica demuestra que el tejido social conserva un núcleo de bondad inquebrantable.
Recuperar estas regiones exigirá reconstruir viviendas, pero, sobre todo, exigir justicia contra los causantes y demandar una gestión pública técnica que no deje la vida de miles al arbitrio del viento. En este claroscuro, la tarea es alimentar la luz para que las sombras dejen de ganar terreno.