Volver a mirar
Hay pocas cosas más estremecedoras que ver morir a una persona en mitad de la calle. Pero hay algo todavía peor: que, para esa persona, la calle haya sido su vida. Y peor aún cuando no se trata de una excepción, sino de una costumbre silenciosa. En el último mes, dos personas han muerto así en Concepción. Uno de ellos fue visto tiritando por un hombre que entraba al banco. Al salir de su trámite, el que temblaba ya estaba quieto para siempre. La ciudad siguió funcionando.
Nada revela tanto el estado de una ciudad como aquello a lo que logra acostumbrarse. El ruido constante deja de oírse; el dolor reiterado deja de doler. Así, sin estridencias, Concepción parece haberse dormido mientras algunos de sus hijos morían a la intemperie, a pocos metros de vitrinas, trámites y cafés. No fue una tragedia, sino rutina. Y eso es un imperdonable agravante.
Hace poco vi Train Dreams, una reciente película que habla de la soledad no como un grito, sino como una lenta evaporación de la vida. En ella, la arquitectura confiesa el estado del alma. Aparecen dos cabañas; una pertenece a un matrimonio: es austera, pero bella; hay forma, cuidado, proporción. La otra es la del hombre viudo, que parece una vida arrastrada por los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir: es funcional, desnuda, abandonada en su estética. Ambas están rodeadas de la misma naturaleza espléndida del bosque, pero en una se habita y en la otra apenas se resiste. La diferencia no está en el paisaje, sino en el horizonte.
Algo parecido ocurre hoy con nuestra ciudad. Atravesamos un luto estético, que no es solo superficial ni ornamental, sino profundamente moral. La fealdad de nuestro entorno construido no es la causa. Es el síntoma de una ceguera compartida: antes hemos dejado de ver a las personas, y solo después dejamos de cuidar las formas. El desprecio por lo bello nace del desprecio por lo humano y de la pérdida de horizonte común. Por eso no debería sorprendernos la naturalización de la muerte de una persona sin hogar en mitad de la calle, cuando nos hemos acostumbrado a dejar de mirar siquiera las calles. Cuando el horizonte se fragmenta, la forma se degrada; y cuando la forma se degrada, la vida humana deja de ser el centro para convertirse en un estorbo. No es casual que las bancas de la Plaza —el corazón simbólico de la ciudad— hayan sido y sean el hogar de quienes ya no tenían hogar.
Tampoco es casual que en nuestra región 11.856 familias vivan en campamentos (Techo, 2025), empujándonos a un deshonroso quinto lugar nacional de un ranking que preferimos no mirar, porque sería inaceptable mirarlo y no hacer algo al respecto. Así, los números vienen a confirmar nuestra escandalosa negligencia.
La ciudad, por ser el protofenómeno de la existencia humana, tarde o temprano confiesa lo que ama. Y también a quién deja caer por el camino. Por eso, hablar de vivienda y urbanismo no es hablar solo de metros cuadrados, densidades o subsidios, sino de las preguntas más elementales de la política: quiénes y cómo viviremos juntos. Reenfocar las políticas públicas hacia los sufrientes no es un gesto de compasión blanda, sino un acto de realismo cívico y justicia. Sin horizonte compartido no hay belleza; sin belleza no hay ciudad; y sin ciudad, apenas queda la supervivencia mas no el habitar.